Al hablar de pérdidas
gestacionales, todos asociamos estas terribles vivencias al dolor físico y emocional
de las mujeres que las sufren. No hay duda de que la madre es la que padece la
marcha de su bebé de manera más dolorosa y la que experimenta con mayor
intensidad, tanto física como emocionalmente, su pérdida. Sin embargo, también
los padres, aunque se tienda a obviar este hecho, sufrimos un enorme desgarro
interior por la pérdida de nuestro anhelado bebé.
En más de una ocasión, me he
encontrado con personas que me han comentado que los padres no pueden
comprender o no sienten lo que significa perder a un bebé. No dudo de que esto
pueda ser así en algún caso concreto, pero decir que los hombres no sentimos
las pérdidas de nuestros bebés, me parece exagerado e irrespetuoso para con
nosotros.
Si bien es cierto que a los
hombres, culturalmente, se nos educa para controlar las emociones y no dejarnos
llevar por ellas (aún resulta frecuente escuchar aquello de “los niños no
lloran” o “venga, tienes que ser un machote”), también es una realidad el hecho
de que cada vez somos más los padres implicados en la crianza de nuestros hijos
y que, para ello, procuramos conectar con nuestra “recuperada” parte emocional.
Si una pareja está unida, tanto
la madre como el padre, comparten la alegría del embarazo, acuden a las
revisiones, hacen planes de futuro, etc. La madre es la que tiene el papel
importante, pero el padre ayuda, acompaña y, por supuesto, comparte la emoción
de todo el proceso.
Cuando un embarazo se interrumpe,
es obvio que la madre es la que más sufre la pérdida del bebé que ha gestado dentro
de ella, con el que ha compartido su cuerpo, vivencias e intensísimas emociones.
Sin embargo, ante la pérdida, también el padre siente que algo se quiebra en su
interior, que todas las esperanzas e ilusiones que ambos tenían como pareja se
truncan y que las expectativas que él tenía de experimentar la paternidad se
desvanecen.
Además, al sufrimiento del padre
también se le suma otro factor que le afecta particularmente: su pareja le
necesita perentoriamente y él debe convertirse, a pesar de su propio dolor, en
su mayor sostén y apoyarla en todo el terrible trance que ella está
atravesando. Para la mayoría de los hombres es muy difícil mantener el delicado
equilibrio entre el desgarro interior, el acompañamiento a su pareja y el
sostenimiento de los demás hijos (si los hubiera).
Personalmente, uno de los peores
recuerdos que tengo de la pesadilla (de la que nos vamos recuperando poco a
poco) que vivimos con nuestra pequeña Luna fue cuando la doctora nos dio la
fatal noticia. El impacto de descubrir que nuestra bebé no podía seguir
viviendo fue desolador; fue como si se derribaran de un plumazo todas las
ilusiones que nos habíamos construido como familia. Pero, unido a ese dolor, también
era brutalmente desgarrador tener la certeza de que Elena, mi pareja, mi
compañera de vida y la persona que más amo en este mundo junto a mis hijas,
estaba viviendo el peor momento de su vida mientras yo no podía hacer nada por
evitárselo. Para mí fue demoledor no poder aliviarle a Elena una pizca del
sufrimiento que estaba sintiendo.
En el doloroso proceso de la
interrupción y en los posteriores meses de duelo, fue primordial pasar juntos
todo el tiempo posible. Hablamos mucho, lloramos todo lo que necesitamos,
descargamos todas las emociones acumuladas para, finalmente, poder asumir
(porque algo así nunca se llega a superar) el profundo cambio personal que nos
ha supuesto esta tremenda experiencia. Hemos sufrido mucho con nuestra pequeña
Luna, pero también hemos aprendido y hemos madurado como personas, y esto no
hubiera sido posible sin una total implicación emocional.
Sé que, aún hoy en día, muchos
hombres se desentienden de estas tremendas situaciones y dejan que sus parejas
atraviesen solas el dolor de la pérdida y el lento proceso del duelo. Incluso,
conozco hombres que le han dicho a sus parejas cosas como “llora durante una
semana, pero no más”. Quizás estos padres, por sus propias inseguridades y
miedos, no son capaces de conectar con lo que sienten en esos momentos y
prefieren ponerse una coraza frente a las emociones de la pérdida. Pero,
también es cierto que cada vez somos más padres los que acompañamos a nuestra
pareja en todos los procesos relacionados con la maternidad, incluyendo las
pérdidas gestacionales y perinatales.
Como decía al principio, es obvio
que la madre es la que más dolorosamente vive el proceso de la pérdida. Ella es
la que más ayuda necesita y no es mi intención restarle protagonismo. Sin
embargo, también es importante hablar y visibilizar la situación de los padres.
Nosotros también sentimos cómo se desmoronan nuestras ilusiones y se tambalea
todo nuestro Ser cuando perdemos al bebé que estábamos esperando.
Del mismo modo que reconocemos el
valioso papel del padre como acompañante y sostenedor en todos los aspectos
relacionados con la maternidad, también tenemos que darle el apoyo que necesita
en momentos tan dramáticos como las pérdidas gestacionales y perinatales.